LA MUJER DE LAS MANOS QUE SANAN

El aire olía a primavera nueva.  Atrás quedaban las penurias de un invierno demasiado frío y demasiado largo.  Los caballos del grupo, confiados en su líder, pastaban tranquilos, agradecidos de la llanura que les regalaba sus primeros verdores.

Una ráfaga de contraviento trajo el aroma familiar del peligro humano.  La yegua –jefa del grupo- levantó la cabeza, olisqueando el horizonte con las orejas firmes dirigidas hacia el origen de su temor y se preparó para la huida en señal de alarma.  La manada respondió en el acto iniciando un galope de estampida siguiendo sus pasos,  pero los hombres de sombrero los alcanzaron.

Hermanos traicionando a hermanos.

Aún sometidos por el freno y la montura, hubiese bastado el más mínimo descuido por parte de los jinetes y sus caballos domésticos se habrían unido alegres a la nube de tierra y brío que corría por la pradera.

Debían mantenerse juntos, sin adelantarse ni retrasarse.  El grupo era difícil de penetrar incluso para otros caballos.  La yegua miró hacia atrás y vio cómo un joven potrón iba quedando rezagado.  Lo alentó con relinchos y gestos, pero la escasez de alimentos habían hecho mella en su resistencia y poco a poco fue reduciendo su galope hasta quedar solo, rodeado por los hombres de sombrero.  Asustado pero sin fuerzas.

La manada continuó en su carrera hasta perderse en la lejanía.

Gritaban a su alrededor.  Entre varios lo redujeron, colocándole una cuerda en el cuello que le impedía respirar si tiraba de ella.  El potrillo al verse sin su grupo, se rindió desalentado.

Su ingreso al poblado produjo una expectación desconocida para él y por un momento se dejó llevar por el ambiente festivo

Con un palo grueso le pegaron hasta obligarlo a entrar a un espacio cercado por otros palos.  Mantenía su cabeza gacha y el lomo curvo como viera que hacía su madre cuando estaba enojada, pero no entendían sus gestos ni tampoco mostraban sus intenciones para que él las pudiera descifrar.  No sabía qué querían de él. 

De pronto sintió un dolor sobre la espalda, un peso que lo hizo perder el equilibrio.  Algo le apretaba la cintura y dos largas piernas lo golpeaban sin compasión.  Se corrió la vara que impedía su salida y saltó hacia delante con la esperanza de liberarse del bulto que cargaba sobre el lomo.  Era pesado, muy pesado.  Escuchaba gritos y risas de otros que miraban.

Brincó y corcoveó tantas veces como pudo, pero el bulto seguía ahí, moviéndose para adelante y para atrás al ritmo de su impotencia.

No tenía caso.  Se detuvo y con las patas temblando, bajó la cabeza en signo de sumisión.  Pero entonces sintió un gran dolor en la nuca y vio como un hilo de sangre corría por su oreja.  ¡Qué tenía que hacer para que entendieran!  Habían ganado.  De nuevo, sintió un golpe en las ancas y otro más en el cuello.  Su nariz casi rozaba el suelo y ellos le seguían pegando. Resistió los golpes sin gesto alguno, convencido que ellos no entendían su lenguaje y él no comprendía su propósito violento. 

En algún momento se detuvieron, pero para entonces algo se había quebrado en su interior y el miedo al hombre se enconó en su alma de caballo salvaje.

Los días que siguieron no intentó ningún tipo de comunicación.  Actuaba dejándose llevar por la desidia y la intuición.  A veces recibía golpes e insultos, otras nada.  Terminó por relacionar la ausencia de palabras con el alivio de no recibir más golpes y trató con todas sus fuerzas de descubrir qué producía los silencios del hombre que lo montaba.

Tirón de la boca, detención.  Rienda derecha, giro.  Rienda izquierda, también giro.  Talones en las costillas, avanzar.  Y perdido en la rutina de quién no tiene opción, pasaron los días, hasta que los silencios fueron más que los golpes y su vida se tranquilizó.

Una mañana temprano percibió el alboroto.  Más brusco que de costumbre, el hombre le tiró la montura al lomo y tras apretarlo sin contemplaciones, le clavó las espuelas.  Los demás también corrían en dirección a los cerros.

Un recuerdo antiguo le volvió a la mirada.  En una ocasión, la manada tuvo que abandonar la pastura en segundos porque un peligro mortal acechaba los alrededores: un puma.  De los mayores aprendió que no tenía opción frente a la velocidad del felino y debía alejarse sin mirar atrás.

Pero los hombres de sombrero no parecían saber lo que todo caballo aprende de potrillo.

El puma, cercado, mostraba los dientes y las garras amenazante.  El hombre trataba de que el caballo se acercara para afinar la puntería.  El caballo se resistía;  el jinete se enfureció.

¡Caballo de mierda! – gritó, mientras le clavaba las espuelas hasta entradas las costillas.El miedo de todas las generaciones de caballos anteriores a él surgió desde su interior.  Se apoderó de su voluntad y cegó por completo su experiencia de los palos y el dolor.

Con la rienda tensa, el jinete trató de evitar lo que se venía pero era tarde y el caballo se encabritó.  Se levantó de las manos y saltó tan alto como pudo.  Al caer, elevó sus patas y otra vez sus manos hasta que finalmente el jinete rodó por el suelo golpeándose contra unas piedras.

Viéndose libre, el caballo se alejó lo más rápido que pudo y volvió sin jinete a lo único que conocía como su hogar:  la casa del hombre.

Al atardecer, el grupo llegó de vuelta con la piel del puma sobre una mula de carga y el hombre al anca del caballo de uno de sus compañeros.  Sin mediar palabras, se dirigió a su casa y tomando una vara de mimbre, apaleó al caballo hasta dejarlo medio muerto.  Lo habría matado si no lo detiene su mujer temerosa que sufriera algún infarto por la rabia.

Arrastrando al caballo con una pareja de bueyes, lo abandonó a la salida del pueblo para que se lo comieran los buitres.

A lo lejos, una mujer miraba.

Cuando el hombre se hubo marchado, se acercó para comprobar si aún vivía.  Los ojos desorbitados del animal la hicieron llorar.  Con las pocas fuerzas que le quedaban trataba de patear y alejarla, pero la mujer se mantenía fuera de su alcance mientras le sobaba la nuca y las orejas en forma circular y sedante.  El dolor disminuyó un poco, pero aún no confiaba.

La mujer levantó una carpa sobre él para protegerlo del frío de la noche y se recostó cerca, siempre atenta a sus extremidades.  Cada vez que el caballo abría un ojo, los ojos de ella lo estaban mirando con dulzura.

A la mañana siguiente logró ponerse de pie, adolorido, pero con todos los huesos sanos.  La mujer lo invitaba en forma familiar a que lo siguiera:  caminaba despacio de espaldas justo frente a él.  ¿Sería su madre que había vuelto?

Estaban sólo los dos y ella parecía saber a dónde dirigirse.  Cauteloso comenzó dando algunos pasos y ella continuó tranquila.  Bajó la cabeza para probar y ella se detuvo, se volvió hacia él y lo acarició.

No sabía cómo ni porqué, pero hablaba el lenguaje de los caballos y se marchó con ella a donde ella se fuera.

 

 

LA ROCA

 

El día había comenzado muy temprano para el padre y los dos hijos.  Los animales se habían encaramado alto en el cerro y tardaron horas en dar con ellos.  Faltando poco para la puesta del sol, el cielo se puso amenazante y tomaron la decisión de bajar con los que tenían y volver cuando pasara la tormenta a buscar a los novillos que faltaban.

El hijo menor trataba de mantenerse en la huella a pesar de lo resbaladizo del terreno.  Había llovido mucho ese invierno y la tierra estaba traspasada de humedad y barro.
El caballo, un viejo ejemplar Morgan, conocía el camino, pero la neblina que se levantó de pronto hacía difícil ver hacia donde se dirigían.  El niño no podía distinguir a su hermano que lo antecedía y sólo escuchaba voces lejanas.

- Nos vemos en el pozo – había ordenado el padre, antes de subir por última vez a ver si conseguía bajar algún otro animal perdido.

El camino se ponía cada vez más difícil y la noche había llegado antes de lo previsto a la montaña.  Sólo tenía que seguir bajando y todo andaría bien, pensaba el niño.

El camino se abrió en dos senderos.  No recordaba esa bifurcación.  Así oscuro y con la lluvia pegándole en los ojos y el frío, se sentía perdido. Tomó el sendero de la derecha.  Continuó bajando por un buen rato hasta que de pronto el animal se detuvo y se rehusó a seguir.  El niño, impaciente, taloneó al caballo, pero éste no dio un solo paso adelante.

- Y  ahora te da por mañosear cuando más te necesito- se lamentó en voz alta el niño. Pero el caballo no se movió.

- Quizás tengas razón, me parece raro no haber encontrado el pozo todavía.  Volveremos por el mismo camino hasta encontrarnos con la roca.  Ahí esperaremos a mi padre quien tiene que pasar por ese punto cuando baje de la montaña.  Todo va a estar bien, ya verás.

El caballo emprendió el sendero de vuelta, pero esta vez la dificultad de avanzar era mayor.  Se tropezaba a menudo y las rodillas se le golpeaban contra las rocas.  El niño sentía mucho frío y hacía un esfuerzo grande por mantenerse en la silla.  El viento amenazaba con derribar algún gancho viejo y bloquear el angosto camino. 

Su padre le había mostrado la roca cuando era muy chico. 

- Aquí se reunían los antiguos jefes indios a tomar las grandes decisiones- le contó la primera vez que lo llevó a ese lugar. –Desde aquí se puede ver todo el valle y está rodeada por alcornoques, que son sagrados y mágicos-

Tenía que llegar a la roca y su padre lo encontraría allí.  Nunca debió moverse de la senda ni alejarse de su hermano. 

El caballo tropezó otra vez y mostraba dificultades para levantarse, pero hizo un último esfuerzo y continuó el tramo final.  El niño sentía las piernas y las manos entumecidas.
De pronto apareció frente a él la roca, imponente y solitaria.  Su padre no estaba allí.  Seguramente ya había pasado y estaría llegando al pozo.  Miró el sendero y vio un torrente de piedras y ramas que bajaba por donde antes se perfilaba una huella. 

- Me temo que vamos a tener que pasar la noche aquí, amigo- dijo mientras le quitaba la montura y lo amarraba donde le pareció que estaría protegido de la tormenta y el frío de la noche.

Después se sentó a esperar.  Pensó en su madre que estaría preparando una sopa caliente para su regreso.  Pensó en su hermano que se enojaría con su padre y le haría prometer nunca más traer a los niños chicos que no hacen otra cosa que causar problemas.  Pensó en su padre y en todo lo que le había enseñado de la montaña, de la tierra y sobre todo de los caballos.  Su padre era un susurrador.

- No te engañes- solía decirle- en realidad no le estoy susurrando nada.  El nombre viene de los antiguos vaqueros, que celosos de su conocimiento y para evitar que nadie les quitara su fuente de ingreso, se encerraban en los galpones a realizar las técnicas de amansa y después salían y les hablaban al oído a los caballos frente a la gente, quienes contemplaban atónitos cómo el caballo comenzaba a seguirlos y a bailar detrás de ellos.-

Despertó en el hospital dos días después.  Su padre le contó cómo al llegar al pozo y no encontrarlo mandó a su hermano mayor con los animales al rancho y volvió montaña arriba a buscarlo.

- El clima estaba endemoniado esa noche y el camino había desaparecido.  Siguiendo una huella estrecha por fin llegamos a la roca.  De lejos se veía un bulto tendido, inmóvil, y pensé lo peor.   Me bajé y me arrastré hasta ti, asustado como nunca antes.   Las gotas gruesas de lluvia se clavaban en mis ojos como espinas y casi no podía ver. Entonces distinguí la figura:  el viejo caballo Morgan, echado, permanecía apretado junto a ti, respirando sobre tu cara para mantenerte caliente.- 

Semanas más tarde, cuando recuperó la salud, el niño subió a la montaña en el mismo caballo.  Recorrió el sendero en el cual se perdiera y pudo ver el lugar donde éste no quiso seguir ni obedecerle: oculta tras matorrales se escondía una gran quebrada con altos paredones de piedra.

- Te debo la vida – dijo abrazándose al cuello del caballo mientras contemplaba asustado el precipicio mortal.

Ese día en la roca el niño entendió que estaría unido a los caballos para siempre por un lazo profundo y vital, un compromiso ante el cual la montaña y el Creador bajaron la cabeza en señal de respeto.